domingo, 27 de febrero de 2011

EL ARBOL

El antiguo árbol yergue su estatura en los valles costeños a la vera de los caminos, a la orilla de los ríos secos, al píe de las ásperas colinas. No es un árbol: es todos los árboles y todos los modos de ser árbol (generoso Algarrobo, alegre Visco, áspero tala, cordial Sombra de toro).

“Abracé al árbol con cariño
como quien lo despierta. 
Después, con más fuerza, fusionándome.”

El árbol  resume el paso del tiempo en los anillos concéntricos que rodean su corazón; en su corteza  guarda las cicatrices de las batallas ganadas a la adversidad; en su copa atesora  los pequeños refugios del amor alado; sus raíces están en íntimo contacto con la madre tierra. Por eso lo sabe todo, por ser testigo presencial del acontecer humano. La sabiduría del árbol pertenece a un género de conocimiento que viene desde los orígenes de la vida y del universo.

A este conocimiento pueden acceder aquellas personas que desde el amor y la humildad saben que árbol y persona humana estamos de paso por este mundo y que este hecho tan simple, frente a la infinitud y misterio del universo, nos convierte en hermanos del camino, del viaje.

Viajeros por un camino, cuya meta es lo desconocido, lo aterradoramente desconocido. En ese camino somos, estamos y vamos. Podemos vivir o viajar según la ley de la naturaleza y la verdad o podemos dejar que los ideales y el amor se vayan por el inodoro al pozo ciego.

Ese árbol solitario al borde del camino, está listo para partir en cualquier momento, puesto que no tiene cuentas pendientes con nadie: no le debe nada a los pueblos costeños. Nosotros en cambio tenemos la conciencia sucia por, graves daños físicos y morales a  nuestros hermanos; adeudamos crímenes por la destrucción masiva de los demás seres vivos que nos rodean.

Nos estamos preparando para otra farsa, para el espectáculo repugnante que es echar papeles en la urna, manchados con la  sangre de nuestra conciencia asesinada, con las lágrimas de nuestra dignidad perdida. Fatalmente marcharemos  en fila hacia las escuelas a dar un pésimo examen de democracia del que se avergonzaran nuestros hijos. Perdidos vamos a rendir tributo al corrupto poder que se alimenta con los cadáveres de las esperanzas perdidas.

El árbol nos mira y calla ¿Habrá que matarlo para que no nos acusen sus flores y frutos? No me abrazaré al árbol como quien lo despierta. No sin antes reconvertir mis ideas en sentimientos; no sin antes dar pelea a la adversidad; no sin antes confesar mis pecados de culpable indiferencia, de negada solidaridad.

Solo entonces me atreveré  a abrazar al árbol con cariño, por si despierta.

                                                                                           
Félix R. Guerrero


Foto: “Algarrobo costeño” por Pablo Andrada

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