sábado, 7 de abril de 2012

Jesús


Por Félix Guerrero-Hace 21 siglos, nació un dios en el planeta Tierra. La primera consecuencia de aquel  pronosticado nacimiento, fue que a partir de ese suceso,  el tiempo fugara en dos direcciones. Año cero, fuga hacia tras, la historia regresando hasta el comienzo de todos los nacimientos; año cero fuga hacia adelante, el tiempo que corre alocado hacia todos los porvenires y hacia todos los finales.


A diferencia de los fantásticos dioses olímpicos, o los crueles dioses del desierto africano o los poderosos dioses mesopotámicos, este dios, pobre y terrenal, no realizaba extraordinarias proezas. Caminó sobre las aguas para demostrar  la soberanía de la fe; devolvió la vista a los ciegos,  levantó a los paralíticos y se inmoló muriendo en una cruz, para manifestar la abnegación del amor verdadero.

Pasaron 21 siglos desde aquel nacimiento y aquella trágica muerte del dios nazareno a manos de la soberbia de un imperio y de la ambición de los ricos. Hubo muchas guerras y exterminios para demostrar la total inutilidad del amor, pero esa utopía, pisoteada y ensangrentada aun luce victoriosa.

Durante todos estos siglos, no pudo ser borrado su nombre de la faz de la Tierra. Los ricos levantaron en su honor  altivas catedrales que pincharon al cielo con sus torres; los pobres han puesto cruces a la vera de los caminos y han levantado con sudor y lágrimas humildes capillas de barro para honrar al que murió pobre como ellos.

En esta semana llamada Santa, en memoria de su muerte, en casi todo el mundo se almuerzan abundantes comidas para recordar al mendicante dios. En nuestros pueblos costeños y riojanos y hasta donde llega nuestra vista y la vista de internet, las autoridades dan días feriados para la diversión y el esparcimiento. Se juega al bingo y se hacen apuestas.

El sepulcro vacío y otros signos proféticos, más allá de las discusiones filosófico-teológicas, mantienen encendida la luz de  su trascendencia y de la de todos los mortales. Lo que si podemos afirmar sin dudas de ninguna clase es que si Jesús el Nazareno vive en los altos cielos, no está gozando despreocupadamente de la dicha eterna viendo tantos sufrimientos de sus hermanos en esta vapuleada tierra.-

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